Faltando dos episodios para el final de Dragon Ball Super, la secuela del fenómeno cultural japonés, gobiernos de latinoamérica comenzaron a prometer, mediante redes sociales, transmisiones públicas de los capítulos, olvidando (o importándoles poco) que la caricatura nipona, a pesar de ser una caricatura del otro lado del mundo, está protegida por derechos de autor…

Goku vs Jiren en Dragon Ball Super

A la izquierda, Toei defendiendo sus derechos de autor; a la derecha, los piratas.

El fenómeno de Dragon Ball Super: Cómo a una generación se le olvidó que existen los derechos de autor

… eso o decenas de gobiernos pensaron que en una semana iban a poder entablar comunicación con los propietarios de las licencias en cada país, quienes los pondrían en contacto con la casa productora, comenzarían negociaciones con Toei Animation hasta que ambas partes llegaran a un acuerdo que los beneficiara, para después poder comenzar a organizar el evento. Todo eso en una semana, con la limitante de que cuando en Japón son horarios laborales en latinoamérica se está durmiendo, y viceversa.

No se qué es más absurdo, si aceptar que estos gobiernos, quienes uno supondría tienen a uno que otro abogado en nómina, olvidaron que existe el concepto de los derechos de autor, o que entes burocráticos acostumbrados a retrasar procesos sencillos por meses pensaban que iban a completar negociaciones con una empresa japonesa (aún más burocrática que los gobiernos latinoamericanos) en menos de una semana.

Pero la actitud de los gobiernos, vergonzosa por el simple hecho de que de ellos emanan las leyes y uno esperaría que por lo menos supieran de su existencia, se quedó corta ante los fans. Miles de personas resultaron ofendidas porque Toei les solicitó que vieran Dragon Ball mediante los medios legales que tienen a su disposición, lo que ellos tomaron como que se les estaba arrebatando el derecho divino que tienen a la serie japonesa.

Goku en Dragon Ball Super

“Goku no le pertenece a Toei Animation, no le pertenece a Akira Toriyama, ¡Goku le pertenece al mundo!” —miles de fans piratas.

Y todo este fenómeno me motiva a preguntarme: ¿En qué momento nuestra generación olvidó que existen los derechos de autor?

¡Culpo a Youtube! Culpo a Youtube y los ad blockers. ¿Se fijan cómo ni siquiera respondo la pregunta y ya estoy señalando culpables? Pero en verdad creo que ellos tuvieron gran injerencia en esta situación: Youtube acostumbró a toda una generación a obtener contenido mediático gratuito y al alcance de la mano, y los ad blockers convencieron a esa misma generación a que no le debían nada a los creadores de esos contenidos, que era perféctamente aceptable el arrebatarles los centavos que podrían llegar a ganar por anuncios de 30 segundos.

Gracias a estos dos elementos, una generación está tan convencida de que los contenidos mediáticos son gratis, que les son un derecho desde el momento mismo en el que tienen acceso a internet, que discuten y recomiendan abiertamente páginas piratas en sus redes (en mis tiempos por lo menos lo hacíamos a escondidas).

¿Y cómo se supone que los creadores de esos contenidos van a obtener dinero para seguir desarrollando sus creaciones? ¡Eso es problema de ellos! El problema del público era conseguir acceso a internet, y desde ese instante el resultado del trabajo de esos creativos se volvió su propiedad (propiedad del público, no de los creativos; los creativos no tienen derecho a nada).

A esta generación ya se le olvidó el caso de Napster, se le olvidó cuando los derechos de autor y el concepto de compartir contenido en internet eran polémica. Esta generación agarró a la industria de la música con las manos abajo, después de que se dieran por vencidos, después de que sus artistas comenzaran a subir sus sencillos a Youtube, esperando que sus fans fueran lo suficientemente bondadosos para comprar los álbumes completos, a sabiendas que sin ninguna dificultad los podrían conseguir piratas.

Logo de Napster

¿Alguien recuerda todos los problemas que desató este escudo?

Y no es mi objetivo ponerme del lado de las disqueras o casas productoras, me queda claro que han abusado siempre que han podido, pero sí me gustaría que el tema de propiedad intelectual se volviera a hacer polémica, que la gente por lo menos tuviera en mente que existe un concepto conocido como “derechos de autor”; que entendieran que así como los granjeros, como los ingenieros, como los mecánicos, como cualquier trabajador, que los creadores de contenido merecen que su trabajo sea remunerado.

En tiempos antiguos los artistas contaban con mecenas, adinerados nobles quienes los financiaban por el puro amor al arte. Aunque actualmente existe el crowdfunding, un equivalente moderno, sus resultados han sido cuestionables, por lo que realmente tenemos dos formas principales en las que los creadores de contenido pueden obtener fondos: recibiendo un pago directo por su contenido, o mediante anuncios. Además existen plataformas que ofrecen al público la opción de decidir la forma en la que van a remunerar al autor, viendo anuncios o pagando una pequeña tarifa premium. ¿Por qué esto resulta tan poco razonable para tanta gente?

Mecenas en el jardín de su Villa del Esquilino. C.F. Jalabert. Siglo XIX. Nimes. Museo de Bellas Artes

Descripción gráfica del mecenas de Cinemarmota

Al final no puedo responder en qué momento se nos olvidaron los derechos de autor, supongo que fue un proceso paulatino impulsado por nuestra costumbre a obtener tanto contenido gratis (sí, Youtube, te culpo otra vez), sin embargo, creo que es saludable preguntarnos cada vez que tenemos acceso a música, video y arte que amamos, “¿cómo están siendo remunerados los autores? Y, ¿qué puedo hacer yo para que lo que tanto amo continúe existiendo?”

Nota: Este es un artículo de opinión. Ni Toei Animation ni los propietarios de sus licencias tuvieron influencia alguna sobre él o el autor del mismo.


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