“Vamos dándole a los cineastas occidentales una pauta que puedan utilizar durante años por venir” —Akira Kurosawa.

Poster de La fortaleza escondida

Reseña de Kakushi Toride no San Akunin (La fortaleza escondida) de Akira Kurosawa

Durante el periodo Sengoku (de los estados en guerra), un par de campesinos, Tahei (Minoru Chiaki) y Matashichi (Kamatari Fujiwara), intentan unirse a la guerra por parte del clan Yamana para hacer fortuna, pero son confundidos por soldados derrotados del clan Akuzuki (así de mal se verían), capturados y empleados en cavar tumbas. Escapan, son recapturados, vuelven a escapar, y durante esta segunda liberación, Matashichi descubre que hay una recompensa para quien encuentre a la princesa de Akuzuki. A estas alturas cualquier persona sensata se olvidaría de riquezas y haría lo que fuera por regresar a su vida campirana, pero Tahei y Matashichi no son personas sensatas.

Tahei y Matashichi en la fortaleza escondida

“Matashichi, quizá nos hayan capturado, otra vez, pero este es sólo un pequeño tropiezo en nuestra futura vida de opulencia.”

Durante sus faenas, los dos campesinos encuentran oro, pero también se encuentran al orgulloso y honorable general Makabe Rokurota (Toshiro Mifune), una fortaleza escondida, y sin imaginarlo, a la mismísima princesa de Akuzuki, Yuki (Misa Uehara), quien se hace pasar por una campesina muda.

¿Podrán nuestros intrépidos héroes, e incompetentes campesinos, escapar de los Yamana y restaurar el clan Akuzuki?

“La fortaleza escondida” es una película muy extraña cuando se ve con ojos americanos.

Nosotros somos de espíritu rebelde, después de todo, nuestros países tuvieron que luchar para independizarse de imperios opresores, y ese espíritu se ha quedado como parte de nuestra esencia. Por lo que nos puede llegar a ser molesta una historia en la que se ensalza a la clase noble (no sólo social, sino moralmente) mientras se humilla a la clase humilde; en contraste, nuestros héroes suelen surgir precisamente de las clases plebeyas, mostrando un valor y temperamento propio, independientemente de la clase a la que pertenecen.

La fortaleza escondida

“La fortaleza escondida en una imagen: los campesinos lloriqueando, el general haciendo corajes, y la princesa… la princesa como si no estuviera…”

Quizá lo más remarcable de Kakushi Toride no San Akunin, además de su magnitud, ya que es la primera película de Kurasawa que nos muestra la mayoría de sus tomas en campo abierto, es la forma en la que la historia se comienza a narrar desde la perspectiva, no del héroe, sino de un par de incompetentes personajes cómicos. ¡Es brillante! Tanto que este formato sería imitado íntegro por cierta famosa película estadounidense de ciencia ficción.

La actuación de Mifune como el general Rokurota es magistral, lo que se puede esperar de quien es reconocido como la personificación fílmica del bushido samurai. ¿Y qué se puede decir de la cinematografía de Kurosawa que ha servido de inspiración para incontables directores contemporáneos?

Rokurota en la fortaleza escondida

Un problema que sí le encuentro a la película, más allá de las posibles fronteras temporales y culturales, es el personaje de la princesa Yuki. No se si se deba a que Kurosawa intentaba mantener al personaje “oculto” con una participación muy sutil, o por limitaciones de rango de la joven actriz Misa Uehara, pero no creo que exista una escusa para que el personaje que tiene un mayor crecimiento durante la película se muestre de una forma tan plana y unidimensional.

Yuki hime en la fortaleza escondida

No, Yuki-hime, el ponerte tiesa y gritar no es actuar.

Sin embargo, ese es sólo un detalle en una obra en extremo influyente y magistral, por lo que “La fortaleza escondida” se lleva cuatro marmotas  que deberían regresar a su pueblo pero se ponen en peligro por la promesa de oro, de cinco.

04 marmotas

 


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